Cuándo era pequeña, siempre me iba a dormir temprano para levantarme cada mañana con más fuerza. Me encantaba ir al colegio para estar con mis amigos. Después deseaba que fuera la hora de recoger e ir al parque dónde era amiga de todos y si había algún niño nuevo, a los dos minutos jugábamos como amigos de toda la vida. Recuerdo que siempre estaba sonriendo y mi mayor problema era que mis padres no me querían comprar ese muñeco que tanto pedía. También me acuerdo de que cuándo quería algo, lo primero que hacía era echarme a llorar como una loca para que mis padres se hartasen y me compraran lo que tanto deseaba. Adoraba correr, algunas veces mis padres se enfadaban conmigo por escaparme tanto, pero después; cuándo les miraba con esa carita de niña buena que poseemos todos los niños pequeños, se les pasaba. Muchas veces, cuándo veía a los mayores hablar y yo no entendía de que hablaban, la verdad no me importaba mucho, pues no conocía lo que era la tristeza y en ocasiones cuándo se me ocurría preguntar "¿qué pasa?", ellos me respondían "cosas de mayores". En esos momentos deseaba ser mayor
Reconozco que esos años fueron los mejores de mi vida y que en ocasiones los echo mucho de menos.
Ahora que soy mayor me he dado cuenta que esos años fueron sagrados para mí, gracias a la felicidad que tuve en ellos soy como soy hoy en día y he de decir que gracias por haber vivido todos esos momentos.
Francamente, pienso que cuándo decía que quería ser mayor, no era demasiado consciente de lo que decía y ahora que todos esos años han pasado desearía que hubieran durado mucho más.

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