Vas caminando por la calle, sin rumbo, sin un destino al que ir. No tienes ganas de nada, tan solo quieres dejarte llevar por tus pies e ir hacia dónde ellos te dicten. Caminas por lugares realmente asombrosos pero no te percatas de lo realmente bellos que son. Tú solo piensas en una cosa, la cual no ha dejado de estar en tu mente desde hace mucho tiempo. No recuerdas la última vez que no pensaste en eso. Parece que no te va a dejar nunca en paz.
Intentas olvidarte un poco de todos tus problemas. Coges tu móvil y enchufas la música a tope para liberar tu cabeza de malos pensamientos. Caminas con más fuerza, al ritmo de la música. Vocalizas cada sílaba de esa canción sin emitir ni un solo sonido. Fijas la vista hacia el frente. No piensas en nada, tan solo en la próxima palabra que viene. De repente, tus pies se mueven más rápido y sin quererlo, empiezas a correr. Te alejas en un abrir y cerrar de ojos de aquellos lugares que en su tiempo, fueron realmente especiales para ti. Corres lejos, muy lejos. Lejos de todos tus problemas. Lejos de tus lágrimas. Lejos de tus pensamientos. Lejos de tu dolor. Lejos de tus recuerdos. Lejos de tus lamentaciones. Lejos de tus sollozos. Lejos de su presencia. Lejos de él...
Empiezas a estar cansada. Llevas bastante tiempo sin parar. Pero sigues. Tienes miedo de parar y que tus pensamientos regresen. Subes el volumen de la música, hasta que los tímpanos se te revienten. Cada nota se clava en tus oídos, pero no la bajas. Cualquier cosa con tal de no volver a pensar en él.
Corres y corres. No paras. No tienes un destino, pero tampoco tienes miedo. Pasas por muchos lugares. Reconoces a alguna persona pero evitas saludarles. No quieres distracciones. La gente te mira, tú les ignoras. Solo quieres correr lo más rápido para abandonar este mundo. Necesitas irte lejos, a algún lugar dónde nada malo ocurra, dónde la felicidad no sea inalcanzable. En ese momento, tus pies toman otra dirección, parece que esta vez si tienes un destino, aunque tú mente no esté segura de a qué lugar ir.
Varios minutos después te paras. No hay nadie. Tan solo estáis tú y tu fiel amiga la música. No puedes parpadear, no quieres parpadear. Entonces todo llega a tu mente. Los problemas vuelven a su lugar cotidiano; tu cabeza. Las lágrimas reaparecen en tus ojos. Tus lamentos salen de tu boca. Tus recuerdos atormentan a tu corazón y su presencia... su presencia es lo único que no vuelve.
Caes rendida en el suelo. No tienes fuerzas para levantarte. Lloras una vez más. Gritas al cielo pensando que alguien te escuchará, pero es en vano, nadie está ahí. Es invierno, no puede haber nadie ahí.
Tienes frío, pero nadie puede abrazarte. El suelo es tu único abrigo. Intentas entrar en calor imaginándote que él te abraza, cómo solía hacer antes. Es inútil, nada hará que vuelvas a ser feliz.
Te levantas con la esperanza de que el viento azote tu cara y te libere de esa cárcel en la que se están convirtiendo tus sentimientos. otro fracaso más. Nada hará que él salga de tu cabeza.
Y mientras te alejas de ese lugar, mientras esos recuerdos se suceden en tu cabeza como una película, deseas retroceder en el tiempo, que todo ésto sea un sueño; una asquerosa pesadilla de la cual te despiertes. Y mientras lloras una vez más, mientras tus lágrimas recorren cada parte de tu cuerpo, maldices cada momento que pasaste con él, cada sonrisa que él te sacó, cada suspiro que él te robó.
Y mientras tú estás ahí, sin poder hacer otra cosas más que sollozar, él está en otro lugar; lejos de ti.
Y mientras los recuerdos perturben mi mente, yo no podré volver a sonreír.
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