Decides salir un poco. No sabes hacia dónde ir. Te limitas a caminar por esa ciudad que fue testigo de todos tus buenos momentos, esos que nunca volverán. Tu cabeza no deja de pensar en una persona, pero no está. No volverá junto a ti. De repente, notas el contacto del aire con tu piel. Levantas la cabeza y abres los ojos, los cuales se fijan en una persona en concreto. Es como si el destino lo tuviera planeado. No le conoces de nada y sin embargo no puedes apartar la mirada de él. Le sigues con la vista hasta que al fin su mirada te acaba encontrando. Los pensamientos salen de tu cabeza, está libre. Él te sonríe a distancia. Tú puedes observarlo perfectamente. Tal vez sea la sonrisa más hermosa que hayas podido ver en tu vida. Como una tonta acabas correspondiéndole con otra que nunca será la mitad de bonita que la suya. Los segundos se convierten en minutos, en horas, en años... nunca lo supiste, solamente sabes que él fue la única persona que volvió a hacerte sonreír.
Regresas a casa con una sonrisa de oreja a oreja. Pareces otra distinta. Sientes cómo tus problemas se esfuman del mismo modo en que ellos llegaron a ti. No sabes nada sobre ese chico pero es cómo si ya lo supieras todo. Bastó una simple mirada, un brillo de ojos, una ráfaga de aire, una bonita curva en su cara para llevarse algo que pensabas que jamás volverían a conseguir; tu corazón.
Los días pasan y tú los dedicas a buscarle entre la gente. Desconoces el motivo pero necesitas verle. Necesitas volver a sonreír de verdad. Necesitas sentir su mirada posándose en ti. Lo necesitas sin ni siquiera saber su nombre, aunque deduces que será precioso, cómo él.
Después de muchos días, caminas sin esperanza de encontrarle. El destino volvió a darte ilusiones para luego romperlas en mil pedazos. Pero él es demasiado inteligente, él mueve las piezas a su antojo y como piezas de ajedrez os volvió a mover. Ahí estaba, a unos centímetros de ti. Te reconoció al instante al igual que tú a él. Os sonreísteis como aquella vez y por fin, después de tanto tiempo, oíste su voz pronunciando ese deseado nombre. En ese momento supiste que las casualidades no existen, que el destino quiso que tu pasado afectara a tu presente para tener un futuro junto a él.
Pasaron los días, las semanas y los meses. Cada vez hablabais más. Eras otra vez tú. Ese cadáver sentimental desapareció. Tal vez sí que necesitabas a alguien que te sacara de ese pozo sin fondo en que se habían convertido tus problemas.
Siempre dijeron que cuándo una puerta se cierra, se abre otra ventana. La vida es impredecible, unas veces toca sufrir y otras ser feliz. Quizás, si nunca lloráramos, nunca sabríamos exactamente si somos felices o no, pues la vida sería monótona y no podríamos distinguir una cosa de la otra.
El destino juega con nosotros. Nos mueve alrededor del mundo para conocer a personas que marcan nuestra vida. Unas puede que no permanezcan por siempre, pero eso nos muestra que no merecen estar contigo, que no son las adecuadas. La vida sabe lo que se hace y nunca hay que subestimarla. Simplemente hay que salir ahí afuera, a comerse el mundo, y ella se encargará de encaminarnos.
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