Arde.
Todo arde.
Todo nuestro alrededor es fuego.
Solo somos capaces de vislumbrar llamas. Llamas que acaban con nosotros. Llamas que nos ahogan como si fueran agua. Llamas que ponen punto y final a algo que ni siquiera empezó.
Y nosotros lo vamos a dejar quemar. Vamos a permitir que la lumbre arrase con nuestros sentimientos. Total, ¿qué más da? Si nosotros solo somos... ¿qué somos?
La vivacidad, tranquilidad y armonía que es capaz de otorgar el mar está siendo destruida por... ¿fuego? ¿Desde cuándo el fuego gana al agua? No debería sorprenderme, todo lo que nos rodea se vuelve del revés.
Quema. Claro que quema.
Los celos, el deseo, la añoranza, la locura, el dolor quema. Cambia el sentido de todo y por ello todo arde. Todo se destruye.
Y lo vemos, lentamente. Somos testigos de cómo todo lo que un día forjamos en aquella noche se ve desquebrajado por fuego, un fuego tan mortífero que te recompone y destruye al mismo tiempo. Un fuego que nos une y nos desata. Un fuego que te calma como el agua pero... que al fin y al cabo sigue siendo fuego.
Y lo malo es que no le tenemos miedo. No. Sabemos lo que es quemarse. Lo sabemos porque tu piel en contacto con la mía es capaz de convertir las gotas de agua en vapor. Lo conocemos porque tu mirada y la mía puede incinerar un bosque entero. Lo entendemos porque tus labios fusionados con los míos logran crear una hoguera tan incandescente que morimos en el acto.
Pero yo a tu lado no puedo dejar de existir, no consigo ir a la otra vida. No. Yo a tu lado me siento viva, aunque el fuego se extienda por mi cuerpo y abrase cada signo vital.
Incendia.
Tú y yo; agua y aceite, fuego y agua.
Tú y yo; amor y odio, rencor y perdón.
Tú y yo; sonrisa y lágrima, beso y desprecio.
Tú y yo; todo y nada, nada y todo.
Un todo, una nada, un algo evanescente que se incendia.
Somos fuego. Un fuego que se ahoga.
Somos agua. Un agua que se quema.
Somos amor. Un amor que odia y un odio que ama por encima de cualquier hoguera que nuestro orgullo haga.
Somos sonrisa. Una sonrisa que llora y una lágrima que baña cualquier rostro vivaz.
Somos beso. Un beso que se ve despreciado y un adiós que acaba en un beso interminable.
Somos algo que se quema.
Pero no importa, pues nosotros somos algo más que eso, algo más que esa llama que se apodera de nosotros, algo mayor que cualquier constelación.
Somos fuego. Solo tú y yo. Dos gotas de agua que al unirse se queman la una a la otra pero que necesitan de la otra para la combustión. Tú mi oxígeno y yo tu carbono. Tú mi hidrógeno y yo tu oxígeno. Tú mi combustible y yo tu fuego.
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