Ayer te vi. Te vi distinto, o mejor dicho; me mirabas distinto. Me decías todo sin decirme nada. En realidad nunca nos hizo falta pronunciar palabra. Era extraño. Era una mirada al vacío de tu corazón, al vacío que en su momento estaba lleno. Yo y mis ganas de besarte éramos retenidas por todos aquellos momentos que no pueden verse destruidos, yo y mis ganas de besarte estábamos batiéndonos en duelo y yo estaba perdiendo. Intentaba fingir que no me importabas, que no te había reconocido, pero ese maldito segundo en el que nuestras miradas se cruzaron fue mi ruina. Te rogué que me llevarás contigo, que me besaras, que no me dejaras escapar, que me hicieras tuya una vez más, que me estremecieras como antaño y que la luna fuese la única testigo de lo que en esa habitación volvió a pasar. Te imploré que me poseyeras, que me abrazaras y que impidieras con tus besos que el sol pudiera rozar cualquier milímetro de mi piel. Te pedí demasiadas cosas en un solo segundo y sin articular palabra. Estábamos quebrantando las normas una vez más pero... pero el roce de tu piel con el mio es capaz de incendiar cualquier constitución, cualquier norma que los humanos establecieron en sus tiempos y yo... yo solo quería ser tuya.
La gente alrededor bailaba, yo me limitaba a observarte a lo lejos mientras bebías y posabas tu mirada fijamente en mi corto vestido para finalizar en mis ojos; aquellos que desde el primer momento que te vieron le es imposible mirar nada más. La gente sonreía y yo empecé a bailar. Me daba igual el mundo, si no te tenía a ti nada me importaba. Ojos cerrados, manos arriba, voz entrecortada, media sonrisa, piernas al compás de la melodía y pies inconscientes que me dirigían hacia a ti. Los kilómetros se convirtieron en centímetros. No pronunciamos palabra, no nos hizo falta nunca. Solo bailábamos, juntos, cada vez más cerca, más, más aún de lo establecido... mis súplicas se hicieron realidad.
Adoraba el calor que desprende tu aliento unido a lo húmedo de tus labios. Amaba cada beso y cada parte de después. Veneraba todos aquellos desfiles de faldas y de ropa interior sucedidos en esa habitación. Idolatraba todos los pasos llevados a cabo desde el principio hasta el cigarro de después.
Dios, te quería a ti, solo a ti. Quería tu piel sobre la mía, tu aliento sobre mis extremidades, tu voz sobre mis labios, tu boca sobre la mía, tus dedos sobre mi espalda, tus brazos rodeando los míos... quería todo y más de ti.
Soy una víctimas más tuya, una de esas que cayó rendida a tus pies. Pero yo soy distinta, yo solo caigo cuándo tú caes, cuándo el orgullo nos permite podernos acercar más de lo debido, cuándo los miedos se esfuman y en nuestra mente solo cabe hueco para el deseo.
Te necesito. Pero no de esa manera que se necesita al oxígeno para respirar, al estudiar para el trabajar, al comer para vivir, a la familia para ser feliz. No. Yo te necesitaba de otra forma. De una que nadie entiende. De una que más que bien, lo que hace es matarte. Pero te sigo necesitando, necesitando para amar y desear; para saber qué es lo que se siente cuándo dos almas gemelas se fusionan; para comprobar cuán grande puede ser el odio de dos personas y cuán pequeño puede éste convertirse si el deseo se apodera de ellas.
Te amo. Te odio. Te amo. Te odio. Un vaivén de sentimientos empujados por el miedo a equivocarnos, a fracasar en lo único que hemos anhelado toda la vida.
Te odio porque te amo y te amo porque te odio. Te amo porque me odias y te odio porque te amas.
Te odio porque me amas y te amo porque te odias. Me odias por ser yo la única capaz de volverte loco, porque por muchas chicas que hayan saboreado tus labios y compartieran tus noches; soy la que se quedó con el latido de tu corazón. Me amas porque soy igual que tú. Igual de demente, de maquiavélica, de vengativa, de oscura, de frívola, de inteligente y mezquina. Me amas porque soy la única que comparte el mismo placer que tú por el dolor; el dolor de estar hechos el uno para el otro y mantenernos en la distancia, mirándonos, compartiendo noches y sentimientos. Sentimientos secretos pero que al fin y al cabo ambos conocemos.
Me odias por depender tanto de mi, al mismo tiempo que yo te odio porque me es inviable poder vivir sin ti.
Nos amamos porque juntos creamos una melodía inaudita y nos odiamos porque no podemos crearla con otra persona.
Nos queremos, no lo niegues, aunque ni nosotros mismos lo admitamos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario