Nos pasamos todo el año deseando que llegue esa famosa estación en la que no tienes nada que hacer, ninguna obligación. Sueñas con que toque la campana del colegio y anuncie el final de curso. Tienes muchos planes por hacer y muchos días por delante. Cada uno de ellos será una diversión. Vas a la piscina todos los días (o casi todos), sonríes, ríes, no piensas en nada más. Gritas tu felicidad a los cuatro vientos. El verano ya ha llegado y es momento de disfrutarlo. Conoces nuevas personas con las que acabas teniendo mucha confianza. Gastáis bromas cada dos por tres. Vais a todos los lugares posibles y lo recuerdas cada día.
Te levantas a las tantas para no tener que hacer nada. Hablas por WhatsApp con un montón de gente, más que nunca. Sales a la calle dispuesto a que sea el mejor verano de todos. Quedas todos los días y después de todo el día, vuelves a casa deseando contárselo a todos. Te quedas hasta tarde hablando con todo el mundo. Amas esta estación.
Agosto llega otra vez, dispuesto a hacerte disfrutar aún más que julio. Te marchas al pueblo o de viaje con tu familia. Más momentos de risas, de fotos que quedarán en el recuerdo de una agradable tarde junto a los que más quieres. Sueñas con que esto no se acabe nunca, con que el tiempo se detenga en el momento en que seas inmensamente feliz. Sales a todas partes con tus amigos. Conoces a alguna persona especial, con la que tienes algo más que una simple amistad. Amor de verano. Repasas cada acontecimiento del día en tu mente mientras estás tumbado en el suelo junto a tus amigos. Te gusta esa sensación de fiesta todos los días. Ahora ya no te importa que sea lunes, al fin y al cabo para ti siempre es sábado. Sales por la mañana, vuelves por la noche. Nadie pone reglas en tu vida, solamente tú.
Llega septiembre. Estás un poco deprimido por tener que despedirte de esos amigos, pero aún sonríes por volver a ver a los de tu ciudad. Tienes un poco menos de libertad pero tampoco hay mucha diferencia. Sales a la calle en tirantes y el calor abrasa tu piel de nuevo. Sin embargo las piscinas empiezan a cerrarse, señal de que ya queda poco. No quieres estar triste, así que piensas en otra cosa. le das la espalda con la esperanza de que nunca llegue ese asqueroso día en el que esta libertad se acabe. Vuelves a ver a todos tus amigos. Os contáis los sucesos que han pasado mientras no estaban contigo. Sonreís con añoranza al recordar todos esos momentos que no volverán hasta el año que viene.
Último día de verano. te levantas queriendo que no sea verdad. Quieres que sea el mejor día. Quedas con tus amigos y os divertís una vez más. Ya solo quedan unas horas para volver a empezar una vez más. Vuelves a casa. Te quedas hasta tarde recordando cada momento, cada sonrisa, cada amigo, cada rollo, cada motivo por los que este verano ha sido el mejor de tu vida. Algo en tu interior late con más fuerza. No quieres que eso se acabe nunca, pero es inútil, apenas quedan ocho horas para volver a la rutina de siempre.
Te duermes recordando todo este verano. Sueñas con un 21 de junio en el que tenías todos esos días por delante. Pero no vuelve. Se queda en el recuerdo, en el olvido, en la memoria de todos los jóvenes en los que este verano han disfrutado como nunca. Y mientras duermes, algo por tu cabeza pasa, la esperanza de que este curso se pase rápido y volver a hacer todo lo que has hecho este verano. Todo otro año deseando que vuelva el verano. Esa estación cargada de sueños, diversión, alegría, esperanza, risas y añoranza...
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